El fútbol no es ingrato con sus mejores exponentes, los directivos sí. Hay gente que por azares del destino, por decirlo de alguna forma, llegan a ser dueños de algún equipo de fútbol. A veces de forma temporal, otras, cuando el club es parte de la cultura popular, lo hacen patrimonio familiar; pero son pocos los propietarios que llegan a comprender que ni ellos, ni sus hijos, ni sus nietos, son el equipo. Son pocos quienes entienden que la tradición la hacen los jugadores, aquellos que han pasado su vida entera pateando el balón para un solo color.